MARA LLEVA TREINTA AÑOS FUMANDO EN UN CAMPO DE FRAMBUESAS
“In Vinum Veritas”
“De todas las cosas que nunca he tenido, eres la que más voy a echar de menos” Ray Loriga Escuchando: Strawberry Fields ForeverAutor: Salvador J. Tamayo Chica
Dos caballeros conversan sentados uno frente al otro mirándose a través de unas copas de vino. Encima de la mesa sus anteojos, la edad les ha hecho creer a ambos que el mundo es mejor si se mira a través de ellos; llevan las desgracias cosidas como botones a su camisa. Tan pronto como se ponen al día de los años en blanco, surge la cuestión de siempre, la eterna duda: Mara.
Por la ventana ven pasar un autobús que va al cementerio, araña el asfalto agujereado y cuando salta al atravesar la irreparable zanja de la calle, los pasajeros maldicen. Se querían como hermanos, pero había algo de rencor en la forma que tenían de mirarse. En el fondo aún estaban compitiendo, competían por ella desde que tenían veinte años y lo seguían haciendo aunque de eso hiciera ya más de medio lustro. Competían el uno con el otro, en realidad ella era algo anecdótico, supongo que ninguno de los dos podía soportar perder, aunque la causa en sí estuviese perdida desde el principio.
Joan Chaterdy era el más joven de los dos, si es que se puede ser joven una vez se han cumplido cincuenta. A Joan Chaterdy le gustaban las películas cubanas de los setenta, la literatura francesa, escuchar a Charlie Parker y beber vino español; sin embargo Mario Cardonne era distinto: desde los veinte años acostumbró a leer escritores yonkis de California mientras fumaba, adoraba a los Beatles y su idea de un final feliz era pegarse un tiro en un campo de frambuesas. A Mario Cardonne le encantaba beber vino francés antes de ponerse a escribir. Los dos eran escritores, o al menos llevaban toda la vida jugando a serlo.
-Está todo igual que cuándo me marché- dijo Joan Chaterdy mientras bebía.
-Bueno, tiré a la basura esos cuadros tan horribles que te empeñaste en colgar en el comedor-
-En realidad me daban igual, insistí porque a Mara le encantaban- respondió.
-Mara los odiaba, ¿crees de verdad que tenía tan mal gusto?-
-No lo sé, si se hubiera quedado conmigo no tendría ninguna duda- dijo Joan.
-Jamás se habría quedado contigo- dijo Mario Cardonne.
Hablaban y reían, parecía que el tiempo no había pasado para ninguno de los dos; pero ambos pensaban que faltaba ella, siempre faltaba ella. Esperaban que en cualquier momento Mara saliera desnuda de la ducha canturreando una canción de la que seguramente no sabría el nombre o quién la había compuesto. Mara los quería por igual, y ni Joan ni Mario podían resistirse a su sonrisa y su acento porteño, a su forma de dar los buenos días gritando cada mañana por la ventana de la cocina: ¡Buenos días Buenos Aires!, aunque estuviera a quince mil kilómetros, en un apartamento del centro de Roma con un balcón lleno de flores, desde el que se oía a partes iguales el rumor del agua y los llantos de cientos de hormigas que se ahogaban en la Fontana di Trevi, tan sólo un par de calles más allá. Una argentina que compartía cama, apartamento y vida con dos españoles. Bueno, eso no era del todo cierto: lo hacía con un catalán y un italo-sevillano. Tres parias en la ciudad eterna; la patria de los que no tienen patria.
Ninguno tenía valor para obligarla a escoger; tampoco tenían valor para marcharse. Sabían que Mara se acostaba y se reía con ambos, y quizás, si el amor existe de veras y no es una consecuencia del capitalismo, Mara lo repartía a partes iguales haciendo gala de un trostkismo exagerado. Estaba enamorada, pero ninguno quería darse cuenta. Cuando Joan y Mario aporreaban sus máquinas de escribrir siempre salía ella, siempre la escribían. Mara resultaba ser el origen y el fin de todo. En el fondo eran valientes, ninguno de los tres hubiese disparado a Jesse James. Tal vez Mara sí lo hubiera hecho. Cosas que pasan.
Mario vivía con Nora, una gatita negra que tuvo suerte; una de esas gatas que deambulan por Roma, una de las que piensan que el Coliseo no es un mal lugar para tener sexo, y que si maúllas bajo los pies de un seductor jubilado en la nota adecuada, te puede salir bien. Nora lo hizo en Fa# y tuvo suerte, la ciudad eterna latía bajo sus patas. Nora saltó de la alfombra persa de la habitación al regazo de Mario.
-No pensé que pudieras pagar este sitio tú sólo, ni que después de lo que pasó tuvieras valor para quedarte -dijo Joan-
-Las cosas no me van mal, al parecer esas historias de las que tú tanto te burlabas gustan a la gente y me permiten entre otras cosas pagar por mí mismo esta casa-
– ¿La echas de menos?- preguntó Joan.
-No- mintió Mario.
-Parece que vaya a aparecer de repente inventándose alguna de esas canciones que le enseñabas-
-Sí -rió Mario- Nadie ha versionado tan mal “I am the Walrus”.-
-¿Te das cuenta de que cuándo maduras empiezan a gustarte más los últimos discos de los Beatles que los primeros?- dijo Joan.
-A mí siempre me han gustado más los primeros- contestó Mario.
-Tú siempre serás un niñato, pensaba que eras demasiado viejo para eso, pero no. Siempre serás un crío, Mario-.
Mario se dio cuenta de que se estaba terminando el vino y la noche no había hecho más que empezar, Nora dormía sobre sus piernas. Por la ventana se oían ruidos tremendamente molestos propios del tráfico de Roma. No era un problema, tarde o temprano acababas acostumbrándote, incluso le cogías cariño; encontrabas armonía en todo ese caos.
-¿Te dijo por qué se marchó?- preguntó Mario.
-Nunca. Después de esa noche no volví a saber de ella-
-La quería ¿sabes? Nunca he vuelto a querer a nadie, y he echado buenos polvos, pero Mara…
-Yo también la quería-. Ninguno quería entrar en una de esas situaciones en las que el alcohol te hace decir y recordar cosas que te costaron tantos años y mujeres enterrar. Ninguno quería dejar entrar de nuevo al recuerdo de Mara en sus vidas- ¿Con quién crees que se hubiera quedado?-
– Sinceramente dudo que nunca se hubiera decidido por ninguno, pero siempre confié en que se quedaría conmigo. Eras demasiado estirado para ella- aseveró Mario Cardonne.
-¿Eso crees? ¿Aún te masturbas mirándote al espejo, jodido ególatra? No has cambiado, sigues pensando que eres un Bourdeos o algo así- dijo Joan.
-El narcisimo no es más que una forma de evolución, ya deberías saberlo, y soy demasiado vulgar para ser un Bourdeos, quizás ella fuera el Bourdeos.-
-Puede ser – Callaron. -No queda vino, ¿por qué no va a buscar otra botella cómo buen anfitrión señor Cardonne?-
-Mira a Nora, duerme, nunca me ha gustado despertarla; tiene el sueño ligero y tengo que cuidar a la única mujer de mi vida, no podría soportar que alguien así desapareciera. Al menos no otra vez. Además, seguro que me robas algo cuando voy a buscarla. Sabes dónde guardo el vino, ve tú por favor-. Rieron.
Joan Chaterdy se levantó con dificultad del sillón de enormes orejeras; por el tiempo que llevaba en la casa probablemente se habría quedado ya sordo. Mario no había cambiado nada, aún seguía guardando las botellas debajo del fregadero; según él existía un microclima perfecto para que el vino madurara. No tenía ni idea.
A Joan le llamó la atención una botella del fondo con la etiqueta blanca. Le dio la sensación de que llevara allí treinta años. El tapón estaba lleno de moho y humedad, había que estar loco para beber ese vino. Seguramente los hongos del tapón habían evolucionado y creado su propia idea de civilización. Acercó la botella a la luz, le retiró el polvo, y se percató de que en la etiqueta había algo escrito. Los anteojos estaban encima de la mesa de la otra habitación, donde Nora dormía sobre Mario y éste le preguntaba a gritos por qué coño tardaba tanto.
Se acercó la botella a la altura de los ojos y pudo leer con dificultad que se trataba de un Bourdeos de 1980. Efectivamente, tal y como Joan sospechaba, llevaba treinta años bajo el fregadero, seguramente ni siquiera Mario sabía que estaba allí. Bajo la denominación, y con más esfuerzo aún, Joan distinguió algo escrito a mano con bolígrafo negro. No podía verlo bien sin los anteojos. Eran un par de frases cerradas con un nombre. Su corazón se disparó. Mara. Era un mensaje de Mara para ellos, estaban a punto de saber por qué desapareció de repente, si volvió a Buenos Aires o si decidió suicidarse tirándose por el puente de San´t Angelo. Incluso Mara podía haber dejado escrito a quién amaba realmente. Joan no sabía qué hacer. Tras pensarlo un momento, lo vio claro, arrancó la etiqueta de la botella, la rompió y la lanzó por la minúscula ventana de la cocina; esa por la que Mara daba los buenos días al mundo cada mañana. Mientras volvía con Mario pudo oír la voz de una anciana en la calle insultándole en un italiano sumamente sucio.
Esperaba no arrepentirse.
-¿De dónde has sacado esa botella? -preguntó Mario.
-Estaba bajo tu fregadero, ¿no la habías visto nunca?-
-Pues no, no me suena, sería la que trajeron unos amigos que vinieron a cenar la semana pasada-
-Puede ser, Mario, puede ser-. Joan la abrió y medio tapón de corcho cayó dentro deshecho; los habitantes del moho murieron mejor que quisieron, borrachos y ahogados.- Vaya, es un Bourdeos excelente, tiene cuerpo, textura, aroma… aunque quizás está un poco pasado ¿no?
-¡Qué dices! Este Bourdeos nunca ha estado pasado.
Ambos se miraron, sonrieron, callaron y se bebieron todo el vino; a partes iguales. Sin encontrar una respuesta o quizás descubriendo más de las que hubieran soportado. Sentada en el regazo de Mario, Nora sueña que duerme, sobre una chica argentina y la despierta el ruido de dos máquinas de escribir.