¡Gracias Rocinante!/La niña y la lágrima lo abrazan fuerte,/mojando su pescuezo la segunda allí se queda.
Autor: Valero Cortadura.
DIVINA ALICIA
Al divagar
CANTO PRIMERO
Silba la figura que atraviesa el abismo
(de boca la niña con la falda en los labios)
abajo, abajo, abajo…
hasta un llano
tiesto de molinos.
Antes de caer en él
un aspa engancha la enagua:
Alicia colgada del eje.
El solo sol alto sobre la tierra seca
en lontananza todo es flama y chicharra.
El ruido
de la piedra
del molino
rebota
del vacío
del páramo.
La niña como Harold Lloyd
cuelga del aspa y gira,
lenta
Ve un conejo blanco,
que bebe de una bacía con ansia
de sangre llena,
y de dientes.
Detrás un caballo enclenque
con la cola espanta moscas.
Alza el conejo la vista,
allí en el molino encuentra a Alicia.
¿¡Mary Ann?!
Se acerca al molino,
goteando rojo sobre la tierra.
¿¡Mary Ann?!
¡Eres tú!
Esta costumbre tuya de adentrarte en madrigueras
acabará contigo sin duda.
¿Acaso sabes dónde te has metido?
Esta tierra está maldita,
apestada por lo peor de una biblioteca.
La Mancha del XVII sin el caballero
no es sitio para una niña
¿Sabes quienes campan aquí desde que él no está?
¡Por Dios baja, vete y vuelve insensata!
¡Si yo quiero bajar pero no puedo!
Mi enagua quedó enganchada en el aspa y no puedo librarla
¡Ayúdame quieres!
El conejo ya sin prisas ni duquesas
sin guantes que buscar
ni abanicos ni relojes
vuelve tras su pasos,
hasta el caballo enclenque con moscas,
algo dice bajo sus patas
y éste hacia el molino va.
Espera junto a las aspas a que pase la niña,
cuando lo hace desprende con la boca la enagua
y Alicia aterriza de bruces,
clavando un chasquido en la ajena tierra manchega.
Esto es lo mínimo que te puede pasar aquí
dice el conejo mientras agita vertical
la palma de la mano mirando al caballo.
Debes volver arriba
y marcharte como todos hicieron.
Peores que la duquesa son los que ahora aquí habitan,
la decapitación en esta tierra incluso se extraña.
¡Vuelve ya Mary Ann!
¿A dónde?
Por dónde?
¡ Piensas que fue mía la decisión de venir aquí!
Que estaba plácida frente al lago
contemplando el agua remansa
y eché de menos este desquiciado lugar.
Igual que nadie decide nacer
yo no decidí volverte a ver,
si me dices por dónde enseguida me iré.
Alicia enérgica se levanta,
con el puño del traje rebaña rabiosa
la sangre de su barbilla, y con las manos
sacude su delantal empolvado.
Tampoco yo recé por encontrarte de nuevo Mary Ann.
Será un placer enseñarte la salida
y tapiarla con estas piedras para que no vuelvas.
Rocinante te llevará,
él conoce bien el lugar para salir.
Si te pierdes pregunta por la cueva de Montesinos
cuando llegues tírate por ella
algún lado que no sea éste alcanzarás.
Para el camino te daré gratis una advertencia y una historia:
Esta era la tierra del más vulgar de los hidalgos,
trastocado por los libros en el más ingenioso caballero,
desfiço todos sus entuertos
y guardó el honor de todas su doncellas.
Un buen día murió en su lecho.
Desde entonces este lugar se tornó siniestro
a él acudieron grotescos de sangre helada,
que a sabiendas de la falta del caballero,
encontraron aquí carta blanca a su vicio y maldad.
Si los encuentras corre
Si los hueles corre
Si se nubla el cielo corre
Si ves alguien huyendo corre
Si nada pasa y y tu camino es tranquilo corre.
¡Corre, vete y no vuelvas!
este no es sitio para una niña.
Tras decir esto el conejo,
que enérgico se había puesto sobre sus dos patas,
las bajó y se marchó al trote del llano.
Alicia se volvió hacia el caballo enclenque y éste relinchó.
Tú me enseñas el camino
tú me llevas.
Con paso cansino y esquelético
el camino comienza y la niña lo sigue.
CANTO SEGUNDO
Agria
la risa de su boca
que se abre como una zanja
estridentemente flátula
de ali-oli.
En los carrillos los corderos
de los pastores que huyen despavoridos.
Eructo del gigante que los saca y engulle
del bolsillo de su pantalón.
La tarde ya recogiendo sus bártulos
anaranjados de rojizo
y el calor tomando también el camino.
La montaña humana coge dos rocas para rasparlas
sobre una encina que recibe las chispas,
prendiendo las hojas secas por el estío.
Un ligero silbido del gordo aviva el recién fuego
A lo lejos medio sol a ras de suelo
umbral para el caballo y la niña a contraluz.
Se dirigen hacia las recién llamas avistadas
buscando cobijo para pasar la noche.
Alicia viendo al gigante al que se acercan
recuerda las pastas cómeme,
y lo imagina víctima de su misma condena
No hay que temer de Pantagruel Mary Ann
es tal su apetito que nuestros cuerpos
no son para él ni aperitivos,
no nos comerá porque somos un suspiro:
una niña y un jamelgo no le valen contra el hambre,
quedaríamos en la República de su Gorja.
Alicia se fía de Rocinante,
hasta entonces no había abierto la boca,
y traga saliva espesada por la sed y el polvo del camino.
¡Acercaos caminantes!
Sin miedos que ya he cenado
y sólo quiero tertulia para digerir estos rebaños
que balan aún en mi estómago.
¿Quiénes sois y do vais?
Pues pareja tan extraña nunca vi en estos parajes.
Una tierna niña con sangre seca en la cara
y una anécdota de rocín que no alcanza a montar.
Somos lo que somos
y vamos do vamos
si quieres más danos de cenar y cobijo entre tus moyas
pues el camino que nos resta es duro.
Perdiendo las manos en los bolsillos
Pantagruel remueve en ellos
hasta que saca y lanza al fuego riendo dos lechales,
como quién vacía de virutas de papel
que pasaron por la lavadora sus ropas.
¡Toma y come niña!
¡Hay tienes para hartarte!
Y tú, jamelgo
sé que tu raza prefiere el pienso,
así que ya sabes
piensa piensa
A carcajada limpia tras esta frase
se reía Pantagruel, que hipaba mientras,
del festín corderal que se acababa de dar.
Comenzó a hurgar en su nariz,
cerrando un ojo se arranco de allí un pelo,
con el que ensartó los dos lechales del fuego,
y que hincó en la tierra frente a Alicia.
Luego de un otro bolsillo sacó una vaca
a la que exprimió sus ubres con la punta de los dientes,
devolvió la vaca a su sitio, urgó de nuevo en el bolsillo
y sacó un cráneo animal donde escupió toda la leche.
Lo tendió frente a Alicia.
Aquí tienes suficiente niña
Yo te doy de comer, y tú me das de oír.
Come y habla guapa, necesito sobremesa.
Si ves que me duermo podéis iros o quedaros en mis mollas,
me es indiferente.
Alicia se sentó, tomó la calavera a dos manos
y bebió ansiosa la leche, que corría por su barbilla
mezclada con la sangre seca.
A cuatro patas mordía los lechales ensartados.
Rocinante, para el que irse a la cama sin cenar, no era novedad
se retiró del fuego para dormir sin luz.
Alicia soltó la canina y tomó la palabra:
Te contaré “El poeta persa”:
En Persia un poeta pobre buscaba amores y fama
sus versos eran tan mediocres como su rostro
y se intuía condenado al anonimato y la mala comida.
Decidió raptar a la hija del visir,
(una mujer bella debe inspirar bellos poemas)
esconderla en su casa, la de su madre, donde vivía
y usarla como musa.
Contemplarla todas las noches dormir y mientras escribir.
Fátima, que así se llamaba,
disfrazada de plebeya, pasaba las tardes
a solas en el jardín del Norte.
Allí decidió que tendría lugar el secuestro.
Una tarde calurosa allí la encontró,
bajo un sauce llorón.
Apareció disfrazado de ciego,
con las ropas andrajosas de su madre, los ojos vendados, y un bastón.
Se presentó ante ella como un viajero perdido,
le pidió le condujese
al camino que lleva a la salida de la ciudad,
y al pasar frente a su casa, la de su madre, donde vivía,
la introdujo en ella con la excusa de pedir agua.
Una vez dentro con el bastón en la cabeza y al sótano.
Pasaron los días, las semanas
los meses, los años,
y el poeta fue incapaz de escribir un bello verso,
aún siquiera un triste verso.
Fátima había perdido su hermosura,
su pelo zarza,
el color de su piel apagado,
sus curvas imprecisas y vencidas por la gravedad.
Aquella masa vulgar seguro no inspiraría fértiles versos.
El poeta persa la mató y enterró a las afueras,
ahora allí descansan los dromedarios.
Entre los intervalos de los ronquidos de Pantagruel
se podía intuir el canto monocorde de los grillos,
La fogata en ascuas y pronto en pavesas.
El cielo estrellado y el relente manchego empujando
el cuerpo de la niña contra el del gigante,
así Alicia se durmió en las moyas de Pantagruel.
A la mañana siguiente el hambre apremiaba al gabacho,
y Alicia intuía su camino largo,
Ambos se despedían.
Antes de tomar distintos caminos niña,
quiero darte algo,
esta tierra es peligrosa y tu compañero débil,
hasta el lugar donde pretendes hay peligro.
Toma esto para tu defensa,
úsalo como un látigo para domar fieras.
Pantagruel con el pulgar y el índice
se arrancó un pelillo del antebrazo,
y se lo entregó a Alicia como látigo, que chasqueó,
más como un juguete que como un arma.
El gigante esnifa con fuerza las alturas
y siente su lengua en jugos gástricos
Esperadme que ya voy, mis tiernos rebaños.
Con dos pasos se aleja tanto de ambos
que no oye a Alicia despidiéndose.
CANTO TERCERO
El día es sol alto que ya pica
Alicia y Rocinante
Rocinante y Alicia
caminan sin sombra ni desayuno.
El calor el tiempo dilata
y cada paso pesa un kilo y es eterno.
¿Queda mucho?
Días Alicia,
en la Mancha nada hay a la mano.
Cegados por la luz caminan a tientas
como quien lo intenta contra el viento
(cada elemento grita a su manera)
La niña arrastra sus pies y el pelo-látigo del gigante.
Rompieron a sudar en el primer trecho.
En el segundo resoplaron.
Para el tercero fueron de espaldas.
Con el cuarto de lado.
Quinto trecho Alicia para,
respira entrecortada
se echa las manos a las rodillas,
éstas flexiona: en cuclillas
se sienta, cruzando las piernas
No puedo más, me derrito
noto la cera de mi piel caer por el cuello,
siento que soy una vela-niña.
Rocinante pasa por su encima y ahí se detiene,
se coloca de parasol agitando su cola,
que mueve el aire caliente hacia la niña.
Con las manos ella aguanta su cabeza gachibaja
goteando de las cejas a la tierra su sudor.
Ruido de cadenas, de pasos arrastrados
de lamentos y suspiros opacos.
Alicia abre las patas traseras de Rocinante para ver su origen.
Allí aparece una fila de presos,
vestidos con monos naranjas chillones hasta los pies y más allá
las cabezas cubiertas con bolsas
las manos atadas a la espalda.
A su alrededor, como moscardones, gordos enchaquetados
los conducen y vigilan de mala manera.
Primero la sed:
Disculpen ustedes señores
¿Tienen agua para mí?, por favor
Uno de los que mandan toma su cantimplora
y se la acerca a Alicia
que no sale de debajo del caballo.
Ella bebe con ansia, sin respirar
sin dejar caer una gota de agua fuera del gaznate.
Cuando termina, toma aire como quien sale del fondo del mar.
Luego la curiosidad:
¿Quiénes son ustedes y quiénes van ahí presos?
Ellas son las nueve musas:
Clío, Euterpe, Talía,
Melpómene, Terpsícore, Érato,
Polimnia, Urania y Calíope.
Nosotros somos sus vigilantes,
cuidamos que no se escapen
y estén siempre al servicio de los jefes.
las llevamos a la planificación anual, donde estarán sus dueños:
El Sumo Presidente de la Comisión de Creativos Publicitarios
Los Tres Magnos Consejeros de PseudoLiteratura
El Gran Magnate de la Industria de Música Ligera
y El Visir Dorado de los Multicines como Rosquillas.
¿Y para qué quieren esos señores tener atadas a estas señoritas?
Ellas tienen el secreto de la hipnosis consumista,
su canto e imagen cautivan a la masa,
simples ratas que siguen la flauta de Hamelín.
Sin sus artes menos se compraría y menor la fortuna de los jefes.
Las llevamos a diseñar las campañas de todo un año.
Si viviesen en libertad jamás las harían.
Ellas son altruistas, hacen por hacer
sin planificaciones
sin especulaciones.
Aman el camino no el destino,
carecen de objetivo lucrativo.
Los jefes las cazaron y desde entonces
se llenan los bolsillos a costa de sus sueños.
A unos metros un vigilante:
¡Número 2, vámonos que no llegamos!
Adiós niña, quédate la cantimplora,
esta noche dormiré en el Gran Palacio Innecesario.
La cuadrilla parte,
a empujones ponen a caminar a las musas y se van.
Alicia, debemos seguir
a este ritmo nunca llegaremos,
cuanto más tiempo aquí más peligro corres,
ya has visto como se las gastan los malos.
Retoman el camino bajo el mismo sol,
La Mancha se abre infinita bajo sus pies,
Alicia suspira
Rocinante la aúpa con la boca sobre su lomo.
Camino, camino y más camino
Alicia chorrea de sudor sobre el jamelgo,
todo espíritu que no se queja,
animal etéreo sin calor ni hambre.
En medio de la nada una redoma
¡Para Rocinante, a ver qué es!
Alicia se baja de su montura, luego se acerca al objeto
lo coge, lo destapa, lo huele
aroma a miel.
Siente la tentación de beber, pero recuerda aquella otra vez.
Aquella otra en que bebió de una redoma en la casa de un conejo.
Recuerda la presión de ésta sobre su cintura,
sus brazos rompiendo las ventanas,
el dolor de rodillas,
y tira el frasco contra el suelo y se rompe.
De allí humo ácido amarillento
azufrísimo,
escabeche.
Una figura contrahecha se intuye:
dos muletas,
ropa harapienta,
dos colmillos solos en la boca
nariz chafada, frente achichonada,
cogote apepinado,
los pelos archipiélagos.
Buenas tardes tengan ustedes,
Alicia y Rocinante, ver para creer,
¿A qué aburrido divagador se le habrá ocurrido juntaros?
Bravo mamarracho.
¿Y tú quién eres?
No te veo en posición de llamar mamarracho a nadie.
Yo soy la pura hiel,
bilis extrema,
rabia enconada en la llaga del odio,
soy el corazón de Caín,
la camada de Herodes,
los que lanzan dados por una túnica,
aguijón de abeja,
punta de asta,
cola de mofeta,
yo queridos amigos
soy El Diablo Cojuelo.
Os veo exhaustos pareja,
os devolveré el favor de librarme,
os llevaré a un lugar ameno.
El cojo trinca,
con una mano la cola de Rocinante,
y con la otra la mano de Alicia.
Los tres salen volando del páramo
CANTO IV
Arruya el arrollo bajo el fortín de los riscos,
sobre una manta verde
zalameros los pastores desinflan sus zurrones,
rulan una buena bota de vino y,
cantan contando historias de amor.
Algunos juegan con las nubes a las adivinanzas
y éstas muestran unos blancos senos.
Otros dos fimotean una ristra de chorizo,
prestos a dar buena cuenta.
Las encinas agitan las hojas levemente,
como queriendo participar de la fiesta bucólica.
La canícula hacen llevadera en tal paraje.
A uno de ellos llamado Eulalio
piden los pastores una historia de amor y morcilla.
Él, para aligerar lo que ha contado tantas veces
ya sin sentimiento comienza la narración.
Ajenos a los cielos los pastores,
en el firmamento El Diablo, Rocinante y Alicia
Queridos compañeros, aquí os suelto.
Yo he de huir, pues me niego a que me trinquen de nuevo;
ya sabréis de mí y yo de vosotros
cuando algún aburrido abotargado pase al papel nuestras vidas.
Así suelta el Diablo al enclenque y a la niña,
desde lo altísimo.
La mala fortuna hizo de Eulalio diana,
Alicia y Rocinante de dardos.
Espachurraron al pastor tan profundo y tan fuerte que lo mataron.
Los demás apartaron a los objetos descendidos no identificados,
preocupados más por la supervivencia de la historia que por Eulalio.
¡Malditos lo han matado!
Como un aspa quedaba Eulalio,
surtidor de sangre en la hierba fresca.
¡Jos de puta, de onde salieron!
Los dos peregrinos voladores,
aún no recompuestos del aterrizaje,
zarandeados por los pastores,
no entendían que pasaba ni do estaban.
¡Hartos estamos ya!
¿No es suficiente con que el gigante se zampe los rebaños,
la lluvia se nos niegue,
el rumano nos chupe la sangre,
y el inglés viole a nuestras hijas en callejones?
¡No, que va a ser eso suficiente!
¡Queda que de no sabe donde caigan dos sacos de huesos
y aplasten a nuestro contador de historias!
Esto ya no hay quien lo aguante,
Si Don Quijote no está aquí para ejercer la justicia a los desfavorecidos
nosotros lo haremos,
¡Punto y final a tanta maldad!
Parte del gremio enfadado lapida a Rocinante,
El resto toma a la niña, que en un principio
trató de defenderse con su látigo-pelo.
La cogen, desabrochan a la mitad su vestido,
la atan a una encina, y con el presente de Pantagruel
comienzan a descargar contra su espalda
las rabias y frustraciones que otorga La Mancha del XVII.
Alicia recibiendo los fustazos grita y pide auxilio
Rocinante bajo una lluvia de guijarros no puede hacer nada.
No pararon los pastores hasta estar exhaustos.
Una vez desahogados desatan a la niña,
la expulsan del lugar ameno, para ella amargo.
De nuevo al páramo,
las heridas abiertas con la salitre del sudor
escuecen más todavía y el sol fuerte que pega,
ya casi de frente.
Rocinante se reúne con ella
abollado de tanta piedra.
La niña boca abajo gime, muerde sus labios de dolor.
Alicia has de salir de aquí antes que te maten,
éstos que te castigaron son las víctimas,
como te coja un verdugo morirás.
Sube a mi lomo, yo te llevaré cuan presto pueda.
El equino famélico se arrodilla
y la niña con esfuerzo se tiende sobre él.
Una vez sobre el caballo arriba y trotando
hacia la cueva de Montesinos.
Rocinante cabalgadura del ingenioso
está hecho a golpes y humillaciones,
no muestra gesto lastimero.
Para él pan de cada día la agresión.
La niña de familia bien sin tiempo
para asimilar tal dominó de desgracias
se quedó dormida o se desmayó,
qué más le da.
CANTO V
Ya la noche trata de intuirse
Rocinante otea buscando donde pasarla
sin alejarse del objetivo Montesino.
La niña aún inconsciente bambolea en su lomo.
Un otero al frente,
en su proa una figura estática,
hacia allí se dirige el caballo.
Si aquel tiene la sangre helada
sabrá cómo acabar con esto
y si es bondad lo que le fluye
nos dará cobijo y reposo.
Alicia mientras delira por dolor
balbucea la historia de un escarabajo gigante
que arrastra un bolo que se agranda
con cada racha del insecto.
En el núcleo una bruja ya muerta,
hechizó a dos hermanos que su amor se disputaban.
A uno cambió su cabeza por la de un pelícano,
a otro transformó por completo en escarabajo.
El último quiso venganza
y ahora la arrastra por todo el páramo.
Ella murió hace años, pero su venganza no tiene fin.
Debajo del otero Rocinante escruta la figura quieta
no reconoce ningún malvado y sube la cuesta.
Hierática
de párpado a párpado de cada ojo astillitas de madera clavadas,
impertérrito aún con los visitantes prestos.
Sólo buscamos descansar y lamer nuestras heridas,
la niña lo necesita más que yo.
La figura por fin parsimonia una mirada,
más a Alicia que al rocín.
Se acerca a ella, huele las llagas y las lame.
Vuelve a perder los ojos en el horizonte.
Podemos pasar la noche juntos, lo pasaremos bien.
Mi nombre es Maldoror,
o Conde de Lautreamont,
o Isidoro,
o yo que sé, olvidé bien quien soy.
En el otero una choza
donde se mete con la niña
para el jamelgo saca agua y paja.
En mi humilde cubil sólo cabemos ella y yo.
Tú puedes dormir aquí.
Curaré sus heridas y le daré consuelo,
por la mañana estará repuesta.
¿A dónde vais?
Rocinante relata relato
de sus aventuras manchegas
y las intenciones de la niña de volver a casa.
Maldoror o Lautreamont o Isidoro y el caballo
contemplan la puesta de sol desde el otero.
Tras ésta el primero procura una lumbre
donde ambos cenan y cuentan sus vidas.
Él bebe ajenjo y da buena cuenta de un peyote.
Rocinante con la paja y el agua,
bien entrada la noche se duerme.
El conde abriga al caballo, defensa para el relente,
que el sueño sea profundo y nada lo despierte.
Se mete en el cubil y cierra su pequeña puerta.
Los métodos se desconocen,
lo cierto es que la niña a la mañana temprano cantaba.
El caballo aún creía vivir en lo onírico,
pero el dolor de las abolladuras le cercioró el despertar.
¿ Y Maldoror Alicia?
Se fue,
me dijo que te dijera que buen viaje,
y que siempre que tuvieses problemas parecidos,
aquí estaría para ayudarte encantado.
También señaló al norte,
en esa dirección medio día de viaje para la cueva.
¡Mañana dormiré en casa Rocinante!
¡Mi casa, mi cama,
mi gato, mi cuarto!
¡Vamos ya, levántate y anda!
Como pronto a romperse el caballo se pone en pie,
arquitectura ósea imposible.
Ambos bajan del otero,
ella cantando y bailando andando,
él aún despertando.
El camino es calor que no incordia,
cuando se alcanza a ver el final de la senda.
El tiempo también mengua y ya allí están.
Frente a ellos la cueva de Montesinos,
un agujero de bordes de piedra,
como si Dios hubiese estado revolviendo en la tierra
buscando no se sabe qué.
Aquí es Alicia,
entra y cuando veas un vacío negro
cuando oigas el eco de tus pasos,
Lánzate de cabeza sin reparos,
allí donde deseas llegarás.
Gracias Rocinante,
La niña y la lágrima lo abrazan fuerte,
mojando su pescuezo la segunda allí se queda.
Dentro de la gruta silba la figura que atraviesa el abismo.