¡Gracias Rocinante!/La niña y la lágrima lo abrazan fuerte,/mojando su pescuezo la segunda allí se queda.

Posted in Uncategorized on 9 abril 2010 by exiliadosdemacondo

Autor: Valero Cortadura.

DIVINA ALICIA

Al divagar

CANTO PRIMERO

Silba la figura que atraviesa el abismo

(de boca la niña con la falda en los labios)

abajo, abajo, abajo…

hasta un  llano

tiesto de molinos.

Antes de caer en él

un aspa engancha la enagua:

Alicia colgada del eje.

El solo sol alto sobre la tierra seca

en lontananza todo es flama y chicharra.

El ruido

de la piedra

del molino

rebota

del vacío

del páramo.

La niña como Harold Lloyd

cuelga del aspa y gira,

lenta

Ve un conejo blanco,

que bebe de una bacía con ansia

de sangre llena,

y de dientes.

Detrás un caballo enclenque

con la cola espanta moscas.

Alza el conejo la vista,

allí en el molino encuentra a Alicia.

¿¡Mary Ann?!

Se acerca al molino,

goteando rojo sobre la tierra.

¿¡Mary Ann?!

¡Eres tú!

Esta costumbre tuya de adentrarte en madrigueras

acabará contigo sin duda.

¿Acaso sabes dónde te has metido?

Esta tierra está maldita,

apestada por lo peor de una biblioteca.

La Mancha del XVII sin el caballero

no es sitio para una niña

¿Sabes quienes campan aquí desde que él no está?

¡Por Dios baja, vete y vuelve  insensata!

¡Si yo quiero bajar pero no puedo!

Mi enagua quedó enganchada en el aspa y no puedo librarla

¡Ayúdame quieres!

El conejo ya sin prisas ni duquesas

sin guantes que buscar

ni abanicos ni relojes

vuelve tras su pasos,

hasta el caballo enclenque con moscas,

algo dice bajo sus patas

y éste hacia el molino va.

Espera junto a las aspas a que pase la niña,

cuando lo hace desprende con la boca la enagua

y Alicia aterriza de bruces,

clavando un chasquido en la ajena tierra manchega.

Esto es lo mínimo que te puede pasar aquí

dice el conejo mientras agita vertical

la palma de la mano mirando al caballo.

Debes volver arriba

y  marcharte como todos hicieron.

Peores que la duquesa son los que ahora aquí habitan,

la decapitación en esta tierra incluso se extraña.

¡Vuelve ya Mary Ann!

¿A dónde?

Por dónde?

¡ Piensas que fue mía la decisión de venir aquí!

Que estaba plácida frente al lago

contemplando el agua remansa

y eché de menos este desquiciado lugar.

Igual que nadie decide nacer

yo no decidí volverte a ver,

si me dices por dónde enseguida me iré.

Alicia enérgica se levanta,

con el puño del traje rebaña rabiosa

la sangre de su barbilla, y con las manos

sacude su delantal empolvado.

Tampoco yo recé por encontrarte de nuevo Mary Ann.

Será un placer enseñarte la salida

y tapiarla con estas piedras para que no vuelvas.

Rocinante te llevará,

él conoce bien el lugar para salir.

Si te pierdes pregunta por la cueva de Montesinos

cuando llegues tírate por ella

algún lado que no sea éste alcanzarás.

Para el camino te daré gratis una advertencia y una historia:

Esta era la tierra del más vulgar de los hidalgos,

trastocado por los libros en el más ingenioso caballero,

desfiço todos sus entuertos

y guardó el honor de todas su doncellas.

Un buen día murió en su lecho.

Desde entonces este lugar se tornó siniestro

a él acudieron grotescos de sangre helada,

que a sabiendas de la falta del caballero,

encontraron aquí carta blanca a su vicio y maldad.

Si los encuentras corre

Si los hueles corre

Si se nubla el cielo corre

Si ves alguien huyendo corre

Si nada pasa y y tu camino es tranquilo corre.

¡Corre, vete y no vuelvas!

este no es sitio para una niña.

Tras decir esto el conejo,

que enérgico se había puesto sobre sus dos patas,

las bajó y se marchó al trote del llano.

Alicia se volvió hacia el caballo enclenque y éste relinchó.

Tú me enseñas el camino

tú me llevas.

Con paso cansino y esquelético

el camino comienza y la niña lo sigue.

CANTO SEGUNDO

Agria

la risa de su boca

que se abre como una zanja

estridentemente flátula

de ali-oli.

En los carrillos los corderos

de los pastores que huyen despavoridos.

Eructo del gigante que los saca y engulle

del bolsillo de su pantalón.

La tarde ya recogiendo sus bártulos

anaranjados de rojizo

y el calor tomando también el camino.

La montaña humana coge dos rocas para rasparlas

sobre una encina que recibe las chispas,

prendiendo las hojas secas por el estío.

Un ligero silbido del gordo aviva el recién fuego

A lo lejos medio sol a ras de suelo

umbral para el caballo y la niña a contraluz.

Se dirigen hacia las recién llamas avistadas

buscando cobijo para pasar la noche.

Alicia viendo al gigante al que se acercan

recuerda las pastas cómeme,

y lo imagina víctima de su misma condena

No hay que temer de Pantagruel Mary Ann

es tal su apetito que nuestros cuerpos

no son para él ni aperitivos,

no nos comerá porque somos un suspiro:

una niña y un jamelgo no le valen contra el hambre,

quedaríamos en la República de su Gorja.

Alicia se fía de Rocinante,

hasta entonces no había abierto la boca,

y traga saliva espesada por la sed y el polvo del camino.

¡Acercaos caminantes!

Sin miedos que ya he cenado

y sólo quiero tertulia para digerir estos rebaños

que balan aún en mi estómago.

¿Quiénes sois y do vais?

Pues pareja tan extraña nunca vi en estos parajes.

Una tierna niña con sangre seca en la cara

y una anécdota de rocín que no alcanza a montar.

Somos lo que somos

y vamos do vamos

si quieres más danos de cenar y cobijo entre tus moyas

pues el camino que nos resta es duro.

Perdiendo las manos en los bolsillos

Pantagruel remueve en ellos

hasta que saca y lanza al fuego riendo dos lechales,

como quién vacía de virutas de papel

que pasaron por la lavadora sus ropas.

¡Toma y come niña!

¡Hay tienes para hartarte!

Y tú, jamelgo

sé que tu raza prefiere el pienso,

así que ya sabes

piensa piensa

A carcajada limpia tras esta frase

se reía Pantagruel, que hipaba mientras,

del festín corderal que se acababa de dar.

Comenzó a hurgar en su nariz,

cerrando un ojo se arranco de allí un pelo,

con el que ensartó los dos lechales del fuego,

y que hincó en la tierra frente a Alicia.

Luego de un otro bolsillo sacó una vaca

a la que exprimió sus ubres con la punta de los dientes,

devolvió la vaca a su sitio, urgó de nuevo en el bolsillo

y sacó un cráneo animal donde escupió toda la leche.

Lo tendió frente a Alicia.

Aquí tienes suficiente niña

Yo te doy de comer, y tú me das de oír.

Come y habla guapa, necesito sobremesa.

Si ves que me duermo podéis iros o quedaros en mis mollas,

me es indiferente.

Alicia se sentó, tomó la calavera a dos manos

y bebió ansiosa la leche, que corría por su barbilla

mezclada con la sangre seca.

A cuatro patas mordía los lechales ensartados.

Rocinante, para el que irse a la cama sin cenar, no era novedad

se retiró del fuego para dormir sin luz.

Alicia soltó la canina y tomó la palabra:

Te contaré “El poeta persa”:

En Persia un poeta pobre buscaba amores y fama

sus versos eran tan mediocres como su rostro

y se intuía condenado al anonimato y la mala comida.

Decidió raptar a la hija del visir,

(una mujer bella debe inspirar bellos poemas)

esconderla en su casa, la de su madre, donde vivía

y usarla como musa.

Contemplarla todas las noches dormir y mientras escribir.

Fátima, que así se llamaba,

disfrazada de plebeya, pasaba las tardes

a solas en el jardín del Norte.

Allí decidió que tendría lugar el secuestro.

Una tarde calurosa allí la encontró,

bajo un sauce llorón.

Apareció disfrazado de ciego,

con las ropas andrajosas de su madre, los ojos vendados, y un bastón.

Se presentó ante ella como un viajero perdido,

le pidió le condujese

al camino que lleva a la salida de la ciudad,

y al pasar frente a su casa, la de su madre, donde vivía,

la introdujo en ella con la excusa de pedir agua.

Una vez dentro con el bastón en la cabeza y al sótano.

Pasaron los días, las semanas

los meses, los años,

y el poeta fue incapaz de escribir un bello verso,

aún siquiera un triste verso.

Fátima había perdido su hermosura,

su pelo zarza,

el color de su piel apagado,

sus curvas imprecisas y vencidas por la gravedad.

Aquella masa vulgar seguro no inspiraría fértiles versos.

El poeta persa la mató y enterró a las afueras,

ahora allí descansan los dromedarios.

Entre los intervalos de los ronquidos de Pantagruel

se podía intuir el canto monocorde de los grillos,

La fogata en ascuas y pronto en pavesas.

El cielo estrellado y el relente manchego empujando

el cuerpo de la niña contra el del gigante,

así Alicia se durmió en las moyas de Pantagruel.

A la mañana siguiente el hambre apremiaba al gabacho,

y Alicia intuía su camino largo,

Ambos se despedían.

Antes de tomar distintos caminos niña,

quiero darte algo,

esta tierra es peligrosa y tu compañero débil,

hasta el lugar donde pretendes hay peligro.

Toma esto para tu defensa,

úsalo como un látigo para domar fieras.

Pantagruel con el pulgar y el índice

se arrancó un pelillo del antebrazo,

y se lo entregó a Alicia como látigo, que chasqueó,

más como un juguete que como un arma.

El gigante esnifa con fuerza las alturas

y siente su lengua en jugos gástricos

Esperadme que ya voy, mis tiernos rebaños.

Con dos pasos se aleja tanto de ambos

que no oye a Alicia despidiéndose.

CANTO TERCERO

El día es sol alto que ya pica

Alicia y Rocinante

Rocinante y Alicia

caminan sin sombra ni desayuno.

El calor el tiempo dilata

y cada paso pesa un kilo y es eterno.

¿Queda mucho?

Días Alicia,

en la Mancha nada hay a la mano.

Cegados por la luz caminan a tientas

como quien lo intenta contra el viento

(cada elemento grita a su manera)

La niña arrastra sus pies y el pelo-látigo del gigante.

Rompieron a sudar en el primer trecho.

En el segundo resoplaron.

Para el tercero fueron de espaldas.

Con el cuarto de lado.

Quinto trecho Alicia para,

respira entrecortada

se echa las manos a las rodillas,

éstas flexiona: en cuclillas

se sienta, cruzando las piernas

No puedo más, me derrito

noto la cera de mi piel caer por el cuello,

siento que soy una vela-niña.

Rocinante pasa por su encima y ahí se detiene,

se coloca de parasol agitando su cola,

que mueve el aire caliente hacia la niña.

Con las manos ella aguanta su cabeza gachibaja

goteando de las cejas a la tierra su sudor.

Ruido de cadenas, de pasos arrastrados

de lamentos y suspiros opacos.

Alicia abre las patas traseras de Rocinante para ver su origen.

Allí aparece una fila de presos,

vestidos con monos naranjas chillones hasta los pies y más allá

las cabezas cubiertas con bolsas

las manos atadas a la espalda.

A su alrededor, como moscardones, gordos enchaquetados

los conducen y vigilan de mala manera.

Primero la sed:

Disculpen ustedes señores

¿Tienen agua para mí?, por favor

Uno de los que mandan toma su cantimplora

y se la acerca a Alicia

que no sale de debajo del caballo.

Ella bebe con ansia, sin respirar

sin dejar caer una gota de agua fuera del gaznate.

Cuando termina, toma aire como quien sale del fondo del mar.

Luego la curiosidad:

¿Quiénes son ustedes y quiénes van ahí presos?

Ellas son las nueve musas:

Clío, Euterpe, Talía,

Melpómene, Terpsícore, Érato,

Polimnia, Urania y Calíope.

Nosotros somos sus vigilantes,

cuidamos que no se escapen

y estén siempre al servicio de los jefes.

las llevamos a la planificación anual, donde estarán sus dueños:

El Sumo Presidente de la Comisión de Creativos Publicitarios

Los Tres Magnos Consejeros de PseudoLiteratura

El Gran Magnate de la Industria de Música Ligera

y El Visir Dorado de los Multicines como Rosquillas.

¿Y para qué quieren esos señores tener atadas a estas señoritas?

Ellas tienen el secreto de la hipnosis consumista,

su canto e imagen cautivan a la masa,

simples ratas que siguen la flauta de Hamelín.

Sin sus artes menos se compraría y menor la fortuna de los jefes.

Las llevamos a diseñar las campañas de todo un año.

Si viviesen en libertad jamás las harían.

Ellas son altruistas, hacen por hacer

sin planificaciones

sin especulaciones.

Aman el camino no el destino,

carecen de objetivo lucrativo.

Los jefes las cazaron y desde entonces

se llenan los bolsillos a costa de sus sueños.

A unos metros un vigilante:

¡Número 2, vámonos que no llegamos!

Adiós niña, quédate la cantimplora,

esta noche dormiré en el Gran Palacio Innecesario.

La cuadrilla parte,

a empujones ponen a caminar a las musas y se van.

Alicia, debemos seguir

a este ritmo nunca llegaremos,

cuanto más tiempo aquí más peligro corres,

ya has visto como se las gastan los malos.

Retoman el camino bajo el mismo sol,

La Mancha se abre infinita bajo sus pies,

Alicia suspira

Rocinante la aúpa con la boca sobre su lomo.

Camino, camino y más camino

Alicia chorrea de sudor sobre el jamelgo,

todo espíritu que no se queja,

animal etéreo sin calor ni hambre.

En medio de la nada una redoma

¡Para Rocinante, a ver qué es!

Alicia se baja de su montura, luego se acerca al objeto

lo coge, lo destapa, lo huele

aroma a miel.

Siente la tentación de beber, pero recuerda aquella otra vez.

Aquella otra en que bebió de una redoma en la casa de un conejo.

Recuerda la presión de ésta sobre su cintura,

sus brazos rompiendo las ventanas,

el dolor de rodillas,

y tira el frasco contra el suelo y se rompe.

De allí humo ácido amarillento

azufrísimo,

escabeche.

Una figura contrahecha se intuye:

dos muletas,

ropa harapienta,

dos colmillos solos en la boca

nariz chafada, frente achichonada,

cogote apepinado,

los pelos archipiélagos.

Buenas tardes tengan ustedes,

Alicia y Rocinante, ver para creer,

¿A qué aburrido divagador se le habrá ocurrido juntaros?

Bravo mamarracho.

¿Y tú quién eres?

No te veo en posición de llamar mamarracho a nadie.

Yo soy la pura hiel,

bilis extrema,

rabia enconada en la llaga del odio,

soy el corazón de Caín,

la camada de Herodes,

los que lanzan dados por una túnica,

aguijón de abeja,

punta de asta,

cola de mofeta,

yo queridos amigos

soy El Diablo Cojuelo.

Os veo exhaustos pareja,

os devolveré el favor de librarme,

os llevaré a un lugar ameno.

El cojo trinca,

con una mano la cola de Rocinante,

y con la otra la mano de Alicia.

Los tres salen volando del páramo

CANTO IV

Arruya el arrollo bajo el fortín de los riscos,

sobre una manta verde

zalameros los pastores desinflan sus zurrones,

rulan una buena bota de vino y,

cantan contando historias de amor.

Algunos juegan con las nubes a las adivinanzas

y éstas muestran unos blancos senos.

Otros dos fimotean una ristra de chorizo,

prestos a dar buena cuenta.

Las encinas agitan las hojas levemente,

como queriendo participar de la fiesta bucólica.

La canícula hacen llevadera en tal paraje.

A uno de ellos llamado Eulalio

piden los pastores una historia de amor y morcilla.

Él, para aligerar lo que ha contado tantas veces

ya sin sentimiento comienza la narración.

Ajenos a los cielos los pastores,

en el firmamento El Diablo, Rocinante y Alicia

Queridos compañeros, aquí os suelto.

Yo he de huir, pues me niego a que me trinquen de nuevo;

ya sabréis de mí y yo de vosotros

cuando algún aburrido abotargado pase al papel nuestras vidas.

Así suelta el Diablo al enclenque y a la niña,

desde lo altísimo.

La mala fortuna hizo de Eulalio diana,

Alicia y Rocinante de dardos.

Espachurraron al pastor tan profundo y tan fuerte que lo mataron.

Los demás apartaron a los objetos descendidos no identificados,

preocupados más por la supervivencia de la historia que por Eulalio.

¡Malditos lo han matado!

Como un aspa quedaba Eulalio,

surtidor de sangre en la hierba fresca.

¡Jos de puta, de onde salieron!

Los dos peregrinos voladores,

aún no recompuestos del aterrizaje,

zarandeados por los pastores,

no entendían que pasaba ni do estaban.

¡Hartos estamos ya!

¿No es suficiente con que el gigante se zampe los rebaños,

la lluvia se nos niegue,

el rumano nos chupe la sangre,

y el inglés viole a nuestras hijas en callejones?

¡No, que va a ser eso suficiente!

¡Queda que de no sabe donde caigan dos sacos de huesos

y aplasten a nuestro contador de historias!

Esto ya no hay quien lo aguante,

Si Don Quijote no está aquí para ejercer la justicia a los desfavorecidos

nosotros lo haremos,

¡Punto y final a tanta maldad!

Parte del gremio enfadado lapida a Rocinante,

El resto toma a la niña, que en un principio

trató de defenderse con su látigo-pelo.

La cogen, desabrochan a la mitad su vestido,

la atan a una encina, y con el presente de Pantagruel

comienzan a descargar contra su espalda

las rabias y frustraciones que otorga La Mancha del XVII.

Alicia recibiendo los fustazos grita y pide auxilio

Rocinante bajo una lluvia de guijarros no puede hacer nada.

No pararon los pastores hasta estar exhaustos.

Una vez desahogados desatan a la niña,

la expulsan del lugar ameno, para ella amargo.

De nuevo al páramo,

las heridas abiertas con la salitre del sudor

escuecen más todavía y el sol fuerte que pega,

ya casi de frente.

Rocinante se reúne con ella

abollado de tanta piedra.

La niña boca abajo gime, muerde sus labios de dolor.

Alicia has de salir de aquí antes que te maten,

éstos que te castigaron son las víctimas,

como te coja un verdugo morirás.

Sube a mi lomo, yo te llevaré cuan presto pueda.

El equino famélico se arrodilla

y la niña con esfuerzo se tiende sobre él.

Una vez sobre el caballo arriba y trotando

hacia la cueva de Montesinos.

Rocinante cabalgadura del ingenioso

está hecho a golpes y humillaciones,

no muestra gesto lastimero.

Para él pan de cada día la agresión.

La niña de familia bien sin tiempo

para asimilar tal dominó de desgracias

se quedó dormida o se desmayó,

qué más le da.

CANTO V

Ya la noche trata de intuirse

Rocinante otea buscando donde pasarla

sin alejarse del objetivo Montesino.

La niña aún inconsciente bambolea en su lomo.

Un otero al frente,

en su proa una figura estática,

hacia allí se dirige el caballo.

Si aquel tiene la sangre helada

sabrá cómo acabar con esto

y si es bondad lo que le fluye

nos dará cobijo y reposo.

Alicia mientras delira por dolor

balbucea la historia de un escarabajo gigante

que arrastra un bolo que se agranda

con cada racha del insecto.

En el núcleo una bruja ya muerta,

hechizó a dos hermanos que su amor se disputaban.

A uno cambió su cabeza por la de un pelícano,

a otro transformó por completo en escarabajo.

El último quiso venganza

y ahora la arrastra por todo el páramo.

Ella murió hace años, pero su venganza no tiene fin.

Debajo del otero Rocinante escruta la figura quieta

no reconoce ningún malvado y sube la cuesta.

Hierática

de párpado a párpado de cada ojo astillitas de madera clavadas,

impertérrito aún con los visitantes prestos.

Sólo buscamos descansar y lamer nuestras heridas,

la niña lo necesita más que yo.

La figura por fin parsimonia una mirada,

más a Alicia que al rocín.

Se acerca a ella, huele las llagas y las lame.

Vuelve a perder los ojos en el horizonte.

Podemos pasar la noche juntos, lo pasaremos bien.

Mi nombre es Maldoror,

o Conde de Lautreamont,

o Isidoro,

o yo que sé, olvidé bien quien soy.

En el otero una choza

donde se mete con la niña

para el jamelgo saca agua y paja.

En mi humilde cubil sólo cabemos ella y yo.

Tú  puedes dormir aquí.

Curaré sus heridas y le daré consuelo,

por la mañana estará repuesta.

¿A dónde vais?

Rocinante relata relato

de sus aventuras manchegas

y las intenciones de la niña de volver a casa.

Maldoror o Lautreamont o Isidoro y el caballo

contemplan la puesta de sol desde el otero.

Tras ésta el primero procura una lumbre

donde ambos cenan y cuentan sus vidas.

Él bebe ajenjo y da buena cuenta de un peyote.

Rocinante con la paja y el agua,

bien entrada la noche se duerme.

El conde abriga al caballo, defensa para el relente,

que el sueño sea profundo y nada lo despierte.

Se mete en el cubil y cierra su pequeña puerta.

Los métodos se desconocen,

lo cierto es que la niña a la mañana temprano cantaba.

El caballo aún creía vivir en lo onírico,

pero el dolor de las abolladuras le cercioró el despertar.

¿ Y Maldoror Alicia?

Se fue,

me dijo que te dijera que buen viaje,

y que siempre que tuvieses problemas parecidos,

aquí estaría para ayudarte encantado.

También señaló al norte,

en esa dirección medio día de viaje para la cueva.

¡Mañana dormiré en casa Rocinante!

¡Mi casa, mi cama,

mi gato, mi cuarto!

¡Vamos ya, levántate y anda!

Como pronto a romperse el caballo se pone en pie,

arquitectura ósea imposible.

Ambos bajan del otero,

ella cantando y bailando andando,

él aún despertando.

El camino es calor que no incordia,

cuando se alcanza a ver el final de la senda.

El tiempo también mengua y ya allí están.

Frente a ellos la cueva de Montesinos,

un agujero de bordes de piedra,

como si Dios hubiese estado revolviendo en la tierra

buscando no se sabe qué.

Aquí es Alicia,

entra y cuando veas un vacío negro

cuando oigas el eco de tus pasos,

Lánzate de cabeza sin reparos,

allí donde deseas llegarás.

Gracias Rocinante,

La niña y la lágrima lo abrazan fuerte,

mojando su pescuezo la segunda allí se queda.

Dentro de la gruta silba la figura que atraviesa el abismo.

Luis García Gil

Posted in Nuestros exiliados on 23 enero 2010 by exiliadosdemacondo

Luis García Gil (Cádiz, 1974) es uno de esos autores hechos a base de trabajo. Y trabajo del bueno. Pero al que el legado familiar parece empujar al mundo artístico. Hijo del afamado poeta gaditano José Manuel García Gómez, pronto encamina sus pasos hacía la poesía. Y, en 1997, recibe su primer reconocimiento literario, ganando el Premio de Creación Literaria de la Universidad de Cádiz con  “El Itinerario del Olvido”. Trayectoria ascendente que se verá refrendada en el año 2000 cuando obtuvo el segundo premio en el Certamen Nacional Fernando Quiñones, convocado por el Ayuntamiento de Cádiz, gracias a “La Pared Íntima”. Pero el año del despegue de Luis García Gil es 2002. Año en el que se hace con tres importantes reconocimientos por su poesía: los premios de poesía “Ramón Grosso” (Ateneo de Cádiz), y el “Rincón Poético” (Ateneo de Sanlúcar).

Una carrera poética que, sin embargo, despega literariamente con un ensayo sobre la vida y obra del cantautor catalán Joan Manuel Serrat. Serrat, canción a canción (2004) ha alcanzado en la actualidad su tercera edición y ha recobrado protagonismo cuando el propio Joan Manuel eligió a Luis para comentar sus canciones en la autobiografía Algo personal. La faceta ensayista de Luis García se completa con las obras Yupanqui, coplas de un payador perseguido (2007) y Jacques Brel, una canción desesperada (2009), cerrando así una trilogía sobre tres importantes cantautores.

Pero es en la poesía dónde encontramos al verdadero Luis García Gil. Sólo dos obras poéticas en su haber,  La Pared Intima (2007) y Las gafa de Allen (2008), bastan para situar a este joven autor entre la cúspide literaria gaditana. Obra que puede parecer escasa pero que se complementa con múltiples participaciones en medios de comunicación y revistas especializadas.

La obra de Luis, y la multitud de facetas artísticas que abarca su persona, se completan con el documental En medio de las olas que, dirigido por Pepe Freire, fue presentado en el Festival Alcances en 2009.

Este mismo año, Luis García Gil completa su “trilogía creativa” con la publicación de François Truffaut, ensayo sobre el genial cineasta francés. Y es que las obras de Luis se cargan de música y cine. Desde la visión personalista del mundo neoyorkino de Woody Allen hasta el estudio de Truffaut, toda la obra de Luis se muestra marcada por una cultura que mamó desde la cuna, preciado legado de un padre como José Manuel García Gómez y el ambiente literario que, sin duda, rodeó su casa en la niñez.

ESPEJISMOS

Posted in Publicaciones: Narrativa on 9 diciembre 2009 by exiliadosdemacondo

Tras su independiente y autoeditado Ulisen Cai, Florencio Ríos Brizuela “Chencho”, prepara su próxima obra impresa de momento conocida por el título de Amén, Dick. Hasta la fecha, sólo podemos reflejar unas mínimas percepciones extraídas de la mera conversación con el escritor y artista plástico. Sabemos que se trata de una obra autobiográfica alejada por completo de lo ensayístico y muy cercana a lo literario, como la vida misma de Florencio. Un espejo que nos muestra al margen de lo vivido la esencia de su autor. La amabilidad y el buen gusto han hecho posible que hoy podamos contar con un adelanto de Amén, Dick. Esperamos lo disfruten.

Autor: Florencio Ríos Brizuela “Chencho”

Llamadme Chencho, el que rodeado de libros ha llegado a la conclusión de que conociéndose a sí mismo -qué gracia- puede dar a conocer como es, siendo ridículo buscar un minúsculo resto de pasado, puesto que no existe una realidad posible de ser conocida. Nadie tiene la razón, ni la verdad de las verdades, aunque descubramos, a veces, que intuímos en ciertos momentos espejismos de realidad. El negro admite muy pocos matices por definición. Mejor usad azul, verde, violeta, amarillo y sobre todo blanco pureza. He pensado mucho en las razones de todo y he preguntado a algunos de los que estuvieron allí, incluso les he invitado a que den la opción de brindar una visión general de los temas.

Es un error creer que la edad da voluntad. Solo da cansancio.

Todo está conectado de forma profunda. Todo gira alrededor de lo mismo. Intentamos llegar cada vez más al centro de lo que hay dentro. No existe, somos Uno. Los querubines del primer firmamento pusieron sus ojos sobre mí, les resultaría extraña la levita y el fuego. Oh, no dejéis extinguirse la llama. Pretendían conseguir el secreto alquímico. No construyas templos, ni confíes sino a tu memoria la historia de lo pasado.

He decidido recordar una mínima parte de cuanto he olvidado. Las acciones aparecen a veces con un sentido diferente, presentándome un símbolo de otras vidas. Lo negativo, lo ilimitado y lo absoluto, hablando con lógica, son absurdos, pues, son los peligros que se oponen al proyecto concluyente.

Lo que hago es emplear los medios a mi alcance para vencer las dificultades que se resisten al desarrollo de mi personalidad. Combato contra aquello que me impide ser grande, lo que para mí no significa sino ser libre y ser yo mismo. Dick se lo tomaba todo al pie de la letra, todo. Padecimiento de hambre y de malos tratos, mejoría de las circunstancias en algunos instantes de la vida, complacencia por el entorno alcanzado en algún lapso del vivir. Huyo tanto de lo bueno como de lo malo, aunque me encantan los dulces. Me encantas tú. Uso botas o unas chanclas para no dañarme los pies al caminar por las rocas. El escudo está cercado por un borde festoneado y artísticamente diseñado como un entrelazado guarnecido de oro, plata, bronce y piedras preciosas, semejando un mosaico policromo. Estoy protegido, sobre todo de mí mismo. Lo malo de nuestro ser es que no cambia ni parece haber intenciones. Sigue siendo un tópico difícil de erradicar. A día de hoy seguimos igual.

Las revelaciones comenzaron en forma de golpes en las murallas y lumbreras de la morada. Yo era de acero y mis aletas eran cuchillas. Las piernas, bajo ese tórax de acero, parecían más delgadas, como patas de grillo, incluso minimizaban el aspecto de las líneas finas. Protege el metal con una capa de pintura antioxidante.

Lo cierto es que desde que tocó la lotería cambié. No sé decirlo. A ciertos años, muchos llevamos un cáncer dentro. Acomódate sobre mi regazo con una camiseta con mensaje en letras de colores. El humo se eleva verticalmente, la hierba está húmeda o con rocío. El cielo está despejado y los pájaros vuelan alto.

ESTRAFALARIO

Posted in "Exiliados de Macondo" estuvo allí on 19 noviembre 2009 by exiliadosdemacondo

 

 

 

 Autor: Javier Fornell.

 

Estrafalaria. No se puede resumir de otra forma la presentación de la obra coral de poesía de doce poetas gaditanos tan egocéntricos que aceptan ser comparados con los apóstoles o los doce signos del Zodiaco en alguna reseña de prensa. Tan egocéntricos que, lejos de la visión del poeta despistado amante del yo, es capaz de dejar al espectador sentado -o de pie- esperando oír los versos de su boca para, tras un instante de deleite poético, silenciarse.

 

Y es que los doce poetas que comparten páginas en Estrofalario saben llegar con sus letras a todos los lectores -u oyentes- que han tenido el placer y gozo de asistir a sus encuentros o encontrarse con sus versos encadenados a una hoja de papel blanca. Así, Juan Jesús Payán (Cádiz, 1978), José Aurelio Martín (Madrid, 1976), Eugenio Fernández Aguilar (Sevilla, 1976), Eduardo Flores (Cádiz, 1981) y Fernando (1979) e Ignacio Lobo (1985), Rosario Troncoso (Cádiz, 1978), Valero Cortadura (Cádiz, 1979) Israel Alonso (Cádiz, 1981) Macarena Jiménez Quevedo (Cádiz, 1978), José Simonet (Melilla, 1978) y Manuel Álvarez (Cádiz, 1978) crean un elenco de jóvenes artistas tan variado, como estrafalario. Desde las obras más intimistas de Eduardo Flores o Rosario Troncoso, hasta la sonrisa obligada al recordar junto a Fernando Lobo aquel fin de año de hace tantos años ya donde Sabrina enseñó sus encantos.

 

Y encantado quedas, como Alicia, a la que sigues paso a paso en esos cinco cantos que se quedan en dos de Valerio Cortadura. Y como ella, buscando la salida a estas páginas de verso inteligente, recorres una a una cada letra, buscando a ese Dios que escribe haikus en los sobres de azúcar de Israel Alonso. Y al final sientes que te ahogas, que el aire no te llega para terminar de leer cada letra, y como Macarena Jiménez te das cuenta que ese aire ya lo han respirado otros. No importa, en cada letra de este Estrofalario sobra lo necesario para sobrevivir. Por más que Manuel Álvarez quiera mostrarnos un manual de instrucciones, es mejor sentirse payaso y, como él, levantar la voz:

 

CONFIESO MI ADICCIÓN… pero no al canto en la ducha, sino a las letras de estos doce poetas, jóvenes y de gran futuro. Pero no puedo dejar de preguntarme ¿Cuánto tiempo habrá que esperar para volver a leer sus letras? Para algunos, menos, para otros, nos queda la esperanza de que poco. Pero no importa, perdonaremos su tardanza, como dice José Simonet, son hombres que miden sus palabras.

…llueve en el patio del colegio,/es una lluvia lenta como de pasado,/lluvia que recuerda a otra lluvia…

Posted in Publicaciones: Poesía on 13 noviembre 2009 by exiliadosdemacondo

 

 

Hablar del estado actual de la poesía en Cádiz es, en gran medida, hablar de Luis García Gil. Podemos decir que, lejos de los oficialismos –tan políticos ellos- y de los ecos que sus apellidos puedan sugerir, la obra de Luis nace del esfuerzo, la pasión y el trabajo de un diletante afortunado en genes, cuya virtud más sobresaliente reside en tener como máximo punto de pensamiento y expresión, la poesía. Y es que la poesía de nuestro poeta reside, ya sea en forma o contenido y en ambos a la vez, en todo de lo que su mano aflora para dar sentido a su existencia. Encontramos buena muestra de lo mencionado en su ya necesaria labor ensayística donde, de la canción de autor al cine, no es difícil saborear el hilo conductor que mueve su constante y fecunda creatividad. Pero es el verso el lugar y la hora señalada en que Luis nos toca directamente desde su misma persona. Sus poemas logran la universalidad de las emociones y los sentimientos desde la pureza, que sin máscaras y disfraces, hacen grandes a aquellos de los que mana, ya queden sus nombres más o menos olvidados. La pared íntima, primer libro de poemas publicado por el penoso servicio de publicaciones de la Diputación de Cádiz, nos revela las claves que han de marcar una poética abierta, respetuosa y coherente. Un año ha de transcurrir hasta el pliego de poesía Las gafas de Allen, de 2.008, que por motivos de edición, deja con la miel en los labios al lector que espera, tras una docena de poemas, algunos más, en edición más sólida y esmerada.  

 

Tengan de la generosidad del poeta estos magníficos ejemplares:    

 Autor: Luis García Gil.

M.H

  

  

  

A Eduardo Flores

                           

 

1

Boca amante y verdadera,

cayendo sobre la tierra,

amorosa certidumbre

que desatiende el estruendo

del fusil sobre la tierra. 

En ti la noche callada

en la que habita el poema,

la noche agasajada

por la lírica del tiempo,

noche reducida a besos.

Cantará el gallo su copla

y el poeta seguirá

dándole forma al poema,

mientras mayo ya florece

como rayo que no cesa, 

como las alas de un sueño.

Y la boca rodará

del jardín al cementerio,

del dulce amor primero

al postrero estallido de la rosa…

                       2

 

Los muchachos y muchachas

leen las “Nanas de la cebolla”.

 

Llueve en el patio del colegio,

es una lluvia lenta como de pasado,

lluvia que recuerda a otra lluvia. 

 

El poema se adormila

en la voz de un niño:

“La cebolla es escarcha,

cerrada y pobre,

escarcha de tus días

 y de mis noches”.

 

Nadie atiende realmente al verso

que expone el drama de una vida,

una mosca vuela impertinente

y una niña cruza en secreto

una carta de amor con otro niño…

 

Bosteza la mañana y el niño

prosigue la lectura del poema.

 

Llueve en el patio del colegio.

Es viernes. La profesora,

resuelta en luna,

está también lejos del poema,

está viajando muy lejos

de aquella cárcel de Torrijos.

 

Pero el poema se impone,

fulmina la mosca y la carta de amor,  

termina conmoviendo, arrancando

la pereza de los corazones.

 

Llueve en el patio del colegio,

lluvia sigilosa como un verso

temblando en una cuartilla.

 

Los muchachos y muchachas

han leído  las “Nanas de la cebolla”.

 

 

Salvador J. Tamayo Chica (San Fernando, 1986)

Posted in Nuestros exiliados on 11 noviembre 2009 by exiliadosdemacondo

 

 

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La trayectoria literaria de Salvador J. Tamayo comienza en el instituto donde se adentra en las letras escribiendo relatos breves y  microrrelatos, resultando en 2004 ganador del “Concurso de creación literaria I.E.S. Wenceslao Benítez”  con el relato “Metafísica para tontos”, ese mismo año comienza la licenciatura de Historia en la Universidad de Cádiz, compagina sus estudios de Historia con la lectura de narradores latinoamericanos y poetas “beat”. 

En el 2006 obtiene una mención especial en el “I Concurso de Literatura Comprimida, Comarca de la Sierra” así como la publicación digital de su microrrelato “Tras la puerta el silencio”. Asiste a los talleres literarios de Félix J. Palma y Nieves Vázquez Recio donde continúa su formación.

Durante su época universitaria (aún inconclusa) es integrante en bandas de Rock como guitarrista y letrista. Ha colaborado con la artista conceptual Marta Pombo como guionista de cómics y relatos ilustrados como: “Con las manos manchadas de tinta”, “Nachito”, “Bötika” y “Anarquía en Vermont”.

En 2008 autoedita un libro de relatos llamado “Metafísica para tontos 2006-2008” con licencia Creative & Commons. En 2009 resulta ganador del “XV Premio de Creación Literaria EL DRAG” otorgado por la Universidad de Cádiz con el relato: “Mandarinas Mutantes Asesinas”.

Junto a la fotógrafa Rocío Vera Martín gestiona un proyecto de retroalimentación creativa vía blog entre letras e imágenes llamado: “La menstruación de Hitler” (http://lamenstruaciondehitler.blogspot.com).

Ha participado en numerosos recitales poéticos y algunas presentaciones literarias. Actualmente se encuentra luchando contra la levedad del ser mientras escribe una novela corta y termina su licenciatura.

 

 

MARA LLEVA TREINTA AÑOS FUMANDO EN UN CAMPO DE FRAMBUESAS

Posted in Publicaciones: Narrativa on 7 noviembre 2009 by exiliadosdemacondo

“In Vinum Veritas”

 
“De todas las cosas que nunca he tenido,
eres la que más voy a echar de menos”
Ray Loriga
 
Escuchando: Strawberry Fields Forever

Autor: Salvador J. Tamayo Chica

          Dos caballeros conversan sentados uno frente al otro mirándose a través de unas copas de vino. Encima de la mesa sus anteojos, la edad les ha hecho creer a ambos que el mundo es mejor si se mira a través de ellos; llevan las desgracias cosidas como botones a su camisa. Tan pronto como se ponen al día de los años en blanco, surge la cuestión de siempre, la eterna duda: Mara.

 

          Por la ventana ven pasar un autobús que va al cementerio, araña el asfalto agujereado y cuando salta al atravesar la irreparable zanja de la calle, los pasajeros maldicen. Se querían como hermanos, pero había algo de rencor en la forma que tenían de mirarse. En el fondo aún estaban compitiendo, competían por ella desde que tenían veinte años y  lo seguían haciendo aunque de eso hiciera ya más de medio lustro. Competían el uno con el otro, en realidad ella era algo anecdótico, supongo que ninguno de los dos podía soportar perder, aunque la causa en sí estuviese perdida desde el principio.

 

          Joan Chaterdy era el más joven de los dos, si es que se puede ser joven una vez se han cumplido cincuenta. A Joan Chaterdy le gustaban las películas cubanas de los setenta, la literatura francesa, escuchar a Charlie Parker y beber vino español; sin embargo Mario Cardonne era distinto: desde los veinte años acostumbró a leer escritores yonkis de California mientras fumaba, adoraba a los Beatles y su idea de un final feliz era pegarse un tiro en un campo de frambuesas. A Mario Cardonne le encantaba beber vino francés antes de ponerse a escribir. Los dos eran escritores, o al menos llevaban toda la vida jugando a serlo.  

 

          -Está todo igual que cuándo me marché- dijo Joan Chaterdy mientras bebía.

          -Bueno, tiré a la basura esos cuadros tan horribles que te empeñaste en colgar en el comedor-

          -En realidad me daban igual, insistí porque a Mara le encantaban- respondió.

          -Mara los odiaba, ¿crees de verdad que tenía tan mal gusto?-

          -No lo sé, si se hubiera quedado conmigo no tendría ninguna duda- dijo Joan.

          -Jamás se habría quedado contigo- dijo Mario Cardonne.

 

          Hablaban y reían, parecía que el tiempo no había pasado para ninguno de los dos; pero ambos pensaban que faltaba ella, siempre faltaba ella. Esperaban que en cualquier momento Mara saliera desnuda de la ducha canturreando una canción de la que seguramente no sabría el nombre o quién la había compuesto. Mara los quería por igual, y ni Joan ni Mario podían resistirse a su sonrisa y su acento porteño, a su forma de dar los buenos días gritando cada mañana por la ventana de la cocina: ¡Buenos días Buenos Aires!, aunque  estuviera a quince mil kilómetros, en un apartamento del centro de Roma con un balcón lleno de flores, desde el que se oía a partes iguales el rumor del agua y los llantos de cientos de hormigas que se ahogaban en la Fontana di Trevi, tan sólo un par de calles más allá. Una argentina que compartía cama, apartamento y vida con dos españoles. Bueno, eso no era del todo cierto: lo hacía con un catalán y un italo-sevillano. Tres parias en la ciudad eterna; la patria de los que no tienen patria.

          Ninguno tenía valor para obligarla a escoger; tampoco tenían valor para marcharse. Sabían que Mara se acostaba y se reía con ambos, y quizás, si el amor existe de veras y no es una consecuencia del capitalismo, Mara lo repartía a partes iguales haciendo gala de un  trostkismo exagerado. Estaba enamorada, pero ninguno quería darse cuenta. Cuando Joan y Mario aporreaban sus máquinas de escribrir siempre salía ella, siempre la escribían. Mara resultaba ser el origen y el fin de todo. En el fondo eran valientes, ninguno de los tres hubiese disparado a Jesse James. Tal vez Mara sí lo hubiera hecho. Cosas que pasan.

 

          Mario vivía con Nora, una gatita negra que tuvo suerte; una de esas gatas que deambulan por Roma, una de las que piensan que el Coliseo no es un mal lugar para tener sexo, y que si maúllas bajo los pies de un seductor jubilado en la nota adecuada, te puede salir bien. Nora lo hizo en Fa# y tuvo suerte, la ciudad eterna latía bajo sus patas. Nora saltó de la alfombra persa de la habitación al regazo de Mario.

 

          -No pensé que pudieras pagar este sitio tú sólo, ni que después de lo que pasó tuvieras valor para quedarte -dijo Joan-

          -Las cosas no me van mal, al parecer esas historias de las que tú tanto te burlabas gustan a la gente y me permiten entre otras cosas pagar por mí mismo esta casa-

          – ¿La echas de menos?- preguntó Joan.

          -No- mintió Mario.

          -Parece que vaya a aparecer de repente inventándose alguna de esas canciones que le enseñabas-

          -Sí -rió Mario- Nadie ha versionado tan mal “I am the Walrus”.-

          -¿Te das cuenta de que cuándo maduras empiezan a gustarte más los últimos discos de los Beatles que los primeros?- dijo Joan.

          -A mí siempre me han gustado más los primeros- contestó Mario.

          -Tú siempre serás un niñato, pensaba que eras demasiado viejo para eso, pero no. Siempre serás un crío, Mario-.

 

          Mario se dio cuenta de que se estaba terminando el vino y la noche no había hecho más que empezar, Nora dormía sobre sus piernas. Por la ventana se oían ruidos tremendamente molestos propios del tráfico de Roma. No era un problema, tarde o temprano acababas acostumbrándote, incluso le cogías cariño; encontrabas armonía en todo ese caos.

 

          -¿Te dijo por qué se marchó?- preguntó Mario.

          -Nunca. Después de esa noche no volví a saber de ella-

          -La quería ¿sabes? Nunca he vuelto a querer a nadie, y he echado buenos polvos, pero Mara…

          -Yo también la quería-. Ninguno quería entrar en una de esas situaciones en las que el alcohol te hace decir y recordar cosas que te costaron tantos años y mujeres enterrar. Ninguno quería dejar entrar de nuevo al recuerdo de Mara en sus vidas- ¿Con quién crees que se hubiera quedado?-

          – Sinceramente dudo que nunca se hubiera decidido por ninguno, pero siempre confié en que se quedaría conmigo. Eras demasiado estirado para ella- aseveró Mario Cardonne.

          -¿Eso crees? ¿Aún te masturbas mirándote al espejo, jodido ególatra? No has cambiado, sigues pensando que eres un Bourdeos o algo así- dijo Joan.

          -El narcisimo no es más que una forma de evolución, ya deberías saberlo, y soy demasiado vulgar para ser un Bourdeos, quizás ella fuera el Bourdeos.-

          -Puede ser – Callaron. -No queda vino, ¿por qué no va a buscar otra botella cómo buen anfitrión señor Cardonne?-

          -Mira a Nora, duerme, nunca me ha gustado despertarla; tiene el sueño ligero y tengo que cuidar a la única mujer de mi vida, no podría soportar que alguien así desapareciera. Al menos no otra vez. Además, seguro que me robas algo cuando voy a buscarla. Sabes dónde guardo el vino, ve tú por favor-. Rieron.

 

          Joan Chaterdy se levantó con dificultad del sillón de enormes orejeras; por el tiempo que llevaba en la casa probablemente se habría quedado ya sordo. Mario no había cambiado nada, aún seguía guardando las botellas debajo del fregadero; según él existía un microclima perfecto para que el vino madurara. No tenía ni idea.

          A Joan le llamó la atención una botella del fondo con la etiqueta blanca. Le dio la sensación de que llevara allí treinta años. El tapón estaba lleno de moho y humedad, había que estar loco para beber ese vino. Seguramente los hongos del tapón habían evolucionado y creado su propia idea de civilización. Acercó la botella a la luz, le retiró el polvo, y se percató de que en la etiqueta había algo escrito. Los anteojos estaban encima de la mesa de la otra habitación, donde Nora dormía sobre Mario y éste le preguntaba a gritos por qué coño tardaba tanto.

          Se acercó la botella a la altura de los ojos y pudo leer con dificultad que se trataba de un Bourdeos de 1980. Efectivamente, tal y como Joan sospechaba, llevaba treinta años bajo el fregadero, seguramente ni siquiera Mario sabía que estaba allí. Bajo la denominación, y con más esfuerzo aún, Joan distinguió algo escrito a mano con bolígrafo negro. No podía verlo bien sin los anteojos. Eran un par de frases cerradas con un nombre. Su corazón se disparó. Mara. Era un mensaje de Mara para ellos, estaban a punto de saber por qué desapareció de repente, si volvió a Buenos Aires o si decidió suicidarse tirándose por el puente de San´t Angelo. Incluso Mara podía haber dejado escrito a quién amaba realmente. Joan no sabía qué hacer. Tras pensarlo un momento, lo vio claro, arrancó la etiqueta de la botella, la rompió y la lanzó por la minúscula ventana de la cocina; esa por la que Mara daba los buenos días al mundo cada mañana. Mientras volvía con Mario pudo oír la voz de una anciana en la calle insultándole en un italiano sumamente sucio.

          Esperaba no arrepentirse.

          -¿De dónde has sacado esa botella? -preguntó Mario.

          -Estaba bajo tu fregadero, ¿no la habías visto nunca?-

          -Pues no, no me suena, sería la que trajeron unos amigos que vinieron a cenar la semana pasada-

          -Puede ser, Mario, puede ser-. Joan la abrió y medio tapón de corcho cayó dentro deshecho; los habitantes del moho murieron mejor que quisieron, borrachos y ahogados.- Vaya, es un Bourdeos excelente, tiene cuerpo, textura, aroma… aunque quizás está un poco pasado ¿no?

          -¡Qué dices! Este Bourdeos nunca ha estado pasado.

           Ambos se miraron, sonrieron, callaron y se bebieron todo el vino; a partes iguales. Sin encontrar una respuesta o quizás descubriendo más de las que hubieran soportado. Sentada en el regazo de Mario, Nora sueña que duerme, sobre una chica argentina y la despierta el ruido de dos máquinas de escribir.